
¿Cómo se explica que en un país de poco más de 48 mil kilómetros cuadrados y 13 millones de habitantes, donde tres millones son extranjeros, exista un nivel tan alto de inconformidad y queja constante? ¿Cómo es posible que, mientras muchos dicen estar mal, se mantengan activas más de 50 mil bancas de apuestas, se consuman masivamente marcas de alcohol de todos los precios y la dieta diaria sea tan abundante desde el desayuno hasta la cena? ¿Cómo entender que los restaurantes, pizzerías y sitios de platos del día no den abasto, que las mujeres inviertan miles de pesos en su estética, que las discotecas de alta gama estén llenas, y que las calles estén saturadas de motores, carros y jipetas nuevas mientras no aparecen viviendas para alquilar? ¿Cómo ignorar la existencia de más de 65,000 colmados, colmadones y car wash, y esa fuerza imparable en las playas, campos y barrios donde a la señora de la fritura, al de la arepa, al del mabí y a los que viven exclusivamente de hacer empanadas, catibías y bollitos se les acaba todo diariamente? ¿Cómo explicar las panaderías que nunca cierran porque el consumo de pan es incesante y que, a pesar de los problemas globales de delincuencia y vicios, el 90% de nuestros pueblos se mantenga alejado de ellos, enfocado en el trabajo y la producción?
La respuesta es que República Dominicana vive hoy una transformación histórica, impulsada por una riqueza auténtica y un crecimiento sostenible que se siente en cada rincón del país. Este fenómeno tiene su base en la gestión del presidente Luis Abinader, quien ha trabajado con determinación para lograr un cambio social profundo. El objetivo ha sido claro: pasar de la pobreza extrema a la mínima, e insertar a la población en un modelo de equilibrio e inclusión, dejando atrás décadas de exclusión.
Este progreso definitivo se ha logrado en apenas seis años y bajo condiciones terriblemente adversas. El país ha tenido que navegar contra la corriente de una pandemia mundial, conflictos bélicos internacionales, tormentas y problemas de la naturaleza. Sin embargo, República Dominicana se ha mantenido firme. El resultado es una economía vibrante donde el dinero circula y llega a la base de la sociedad. Si a la señora de la fritura o al que vende pasteles en hoja se le agota la mercancía todos los días, es porque existe un poder adquisitivo real en manos del pueblo.
La contradicción entre la queja constante del «estoy mal» y la realidad de una jartura o una jipeta nueva es un rasgo cultural que está siendo superado por los hechos. Los números no mienten: las ferias de vehículos rompen récords, el turismo desborda las playas y los pequeños negocios de barrio son unidades de producción que sustentan familias con dignidad desde hace décadas. Esa red de más de 65,000 colmados y car wash es el sistema circulatorio de una economía que no se detiene.
Hoy, la riqueza en República Dominicana es visible y palpable. No es una simulación; es el fruto de un país que ha decidido avanzar hacia el desarrollo. La inclusión social ha permitido que el crecimiento no se quede en las nubes de la macroeconomía, sino que baje a la mesa del ciudadano. Estamos ante una nación que, a pesar de los desafíos universales de la seguridad, ha sabido preservar la integridad de sus pueblos y mantener su enfoque en el progreso. Es un éxito histórico que demuestra que, con voluntad y una visión clara, el camino hacia un futuro de bienestar definitivo es ya una realidad imparable.
por Carlos Veras




