Reflexión letal de Luis Medrano.
Sean buenos siempre, mantengan la fe.

Hay que ser bondadoso, solidario y profundamente sensible ante el dolor ajeno.
La vida nos exige aprender a dar, a desprenderse cada vez que se pueda de nuestro propio pan para compartirlo con el prójimo, porque la verdadera esencia del ser humano se labra en el desprendimiento y en la firme convicción de que hay que ser bueno siempre, sin importar las circunstancias.
Replantearse la existencia es un llamado urgente a mirar hacia adentro, a desterrar de raíz la envidia, la maldad y la mezquindad, esos sentimientos oscuros que carcomen el alma, nublan el entendimiento y destruyen toda posibilidad de convivencia.
Quien actúa desde el egoísmo y el rencor termina edificando su propia prisión, sembrando discordia y cosechando solo enemistad, aislamiento y daños irreparables.
Frente a esa oscuridad, la única respuesta valedera es mantener la fe en todo momento y abrazar la solidaridad desinteresada como el único motor capaz de sanar el tejido social.
La bondad no es debilidad, es la fuerza más transformadora que poseemos. Por ello, el uso de la violencia, bajo ninguna forma, justificación o índole, puede ser tolerado contra ningún ser humano.
La agresión, tanto verbal como física, solo siembra hostilidad, fractura la paz y destruye comunidades enteras. No podemos permitir que las bajezas ajenas contaminen nuestro propósito de servir al bienestar colectivo.
La vida cobra su verdadero sentido cuando nos mantenemos firmes y apegados a la familia, esa raíz sagrada que nos sostiene en medio de cualquier tormenta.
Es tiempo de honrar con profundo respeto y amor la sabiduría de los abuelos, el consejo y guía de los tíos y tías, y el caminar de los hermanos. Seamos guardianes de la paz,
mantengamos el corazón limpio ante la malicia del mundo y construyamos siempre desde el afecto sincero hacia los nuestros y hacia los demás.




